Navidad en Julio: ¿Por qué empezamos a hablar de Navidad cuando todavía llueve?

Navidad en Julio: ¿Por qué empezamos a hablar de Navidad cuando todavía llueve?

Sé que suena raro.

Julio. Lluvia. Frío. Y yo aquí, hablando de Navidad.

Pero déjame contarte por qué.

Hace casi diez años perdí a mi hermano.

Se llamaba Alejandro. Le decíamos Alito.

Partió un 13 de noviembre.

Y lo último que hizo fue comprar el árbol de Navidad para la biblioteca de la escuela donde trabajaba. Y las luces del árbol de mi mamá.

En noviembre.

Porque amaba esta época.
No la amaba por los regalos. No la amaba por las fiestas. No la amaba por el ruido ni por las compras ni por todo lo que diciembre se ha convertido para muchos.

La amaba por lo que significaba.

Presencia. Conexión. Familia reunida. Risas en la mesa. Historias repetidas que nunca nos cansábamos de escuchar.

Alito no quería regalos navideños.

Quería vernos juntos.

Quería que estuviéramos bien.

Quería, sobre todo, que fuéramos felices.

Y yo sé, con esa certeza que solo da el tiempo y el duelo procesado, que el mejor regalo que le hubiera podido dar era exactamente eso: que me viera logrando mi visión. Que celebrara mis logros como si fueran suyos. Porque así era él. Así celebraba todo lo bueno que nos pasaba a los demás.
Este año se cumplen diez años de su partida.

Y la Navidad ya no es la misma sin él.

Tampoco sin mi mamá.

Pero he aprendido algo en estos años de ausencias y de luces que se encienden aunque duela: el recuerdo de quienes amamos no muere. Arde. Arde en el alma. Arde en el corazón. Y sigue ardiendo hasta nuestro último respiro.

Por eso hago lo que hago.

Por eso Ossa existe.

Por eso un calendario de adviento. Por eso los aromas que huelen a casa de abuela. Por eso las velas que se encienden en silencio cuando diciembre pesa. Por eso los talleres donde nadie tiene que fingir que está bien.

Porque la Navidad, para mí, ya no es una fecha.
Es una forma de honrar.

De honrar a los que ya no están sentándome a la mesa con los que sí están. De honrar los recuerdos creando nuevos. De honrar el amor que me dieron aprendiendo a dármelo a mí misma.

Y por eso empezamos en julio.

No por estrategia de marketing. No por tendencias. No porque otros lo hagan.

Empezamos en julio porque la anticipación también es parte de la magia.

Porque hablar de Navidad cuando todavía llueve es como encender una vela antes de que oscurezca: no la necesitas todavía, pero su luz ya te acompaña.
Este julio vamos a hablar de películas que nos hacen llorar aunque las hayamos visto cien veces. Vamos a hablar de aromas que nos transportan a la infancia. Vamos a hablar de tradiciones heredadas y tradiciones inventadas. Vamos a hablar de lo que realmente importa.

Y cuando llegue diciembre, no vamos a correr.

Vamos a llegar preparadas.

Con el corazón abierto. Con los sentidos despiertos. Con espacio para sentir todo lo que haya que sentir, sea alegría, sea nostalgia, sea esa mezcla extraña de las dos que solo conocemos las que hemos perdido a alguien en esta época.

El calendario de adviento de Ossa este año no es solo un conteo de días.
Es una invitación a ir hacia adentro.

A lo importante.

A lo que llena el corazón y nos hace llorar cuando recordamos con sonrisas todo lo vivido en las navidades pasadas.

Alito hubiera amado esto.

Hubiera amado ver que su hermana encontró la forma de convertir el dolor en algo hermoso. Que aprendí que la Navidad no se trata de llenar la casa de cosas, sino de llenar el alma de presencia. Que cada vela que enciendo es, de alguna manera, una forma de mantener su luz viva.

Así que sí.

Julio. Lluvia. Frío.
Y yo aquí, hablando de Navidad.

Porque la Navidad no empieza cuando ponen las luces en el centro comercial.

La Navidad empieza cuando decides que tu corazón está listo para sentirla.

¿Vienes?

Gracias por visitarme,

Un abrazo fuerte, Laura


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