Antes de que el matcha apareciera en el menú de cada cafetería del mundo yo ya lo tomaba.
No porque fuera tendencia.
Sino porque siempre preferí el té al café.
El chocolate caliente. Las bebidas que llegan suaves, sin el golpe fuerte de la cafeína.
El matcha tenía algo que me gustaba desde el principio.
Su color. Su textura. Ese sabor que es amargo y suave al mismo tiempo como las cosas que valen la pena.
Pero este aroma no nació de una tendencia.
Nació de un ritual.
El de salir con mis tres hijas a tomar algo rico.
Sin agenda. Sin prisa.
Cada una con su bebida favorita en la mano.
Y yo con mi matcha feliz.
Este 12 de junio mi hija mayor, Valeria, cumple 25 años.
Y no puedo escribir sobre este aroma sin pensar en ella.
Porque Valeria fue la primera.
La que llegó y me convirtió en madre antes de que yo supiera bien lo que eso significaba.
La que con su amor y su forma de estar en el mundo me cambió la vida de maneras que todavía estoy descubriendo.
Salir con mis tres hijas es de las cosas que más cuido.
Esas tardes donde hablamos de todo y de nada.
Donde cada una pide lo suyo y yo pido mi matcha y de repente el tiempo se detiene de la mejor manera posible.
Esos momentos son los que no quiero olvidar.
Por eso los convierto en rituales.
Por eso los convierto en aromas.
Ossa Wax Matcha Latte huele a bergamota, jazmín, naranja dulce, incienso y vainilla.
Fresco. Floral. Con un fondo cálido que se queda.
Las figuritas son ositos verdes en cera de soya natural hechos uno por uno en el estudio.
Para prender en una tarde tranquila.
Para acompañar tu propia taza de algo caliente.
Para recordarte que algunas tardes merecen ser protegidas.
Feliz cumpleaños, Vale. Omi te ama con todo su corazón.
Gracias por ser la primera en enseñarme quién podía llegar a ser.
Gracias por visitarme,
Un abrazo fuerte,
Laura