Hay personas que dejan huella sin siquiera darse cuenta.
Y hay errores que, sin querer, terminan enseñándonos algo.
La semana pasada cometí uno que nunca antes me había pasado.
Dos alumnas, Carolina y Diana, llegaron felices y listas para participar en un taller de velas.
Habían organizado su día.
Habían reservado ese espacio.
Venían con toda la ilusión de crear algo con sus propias manos.
Pero el error fue mío.
Había cambiado la fecha del taller. Y olvidé avisarles.
Sentí muchísima pena.
Les pedí disculpas de inmediato, y mientras hablaba, ya imaginaba su frustración.
Imaginaba el reclamo.
El “es que yo organicé mi día para esto”.
Lo hubiera entendido. Habría sido justo.
Pero pasó otra cosa.
Con una sonrisa, me dijeron:
“No te preocupes, está bien. Volvemos cuando sea el taller.”
Sin enojo.
Sin reclamos.
Sin hacerme sentir peor de lo que yo ya me sentía.
Solo comprensión.
Les prometí una vela extra, como una pequeña forma de compensar mi error.
Porque asumir nuestras equivocaciones también es una forma de respeto hacia los demás.
Pero ese día me quedé pensando en otra cosa.
Pensé en sus padres.
En su familia.
En las personas que las vieron crecer, que las corrigieron con paciencia, que les enseñaron sin darse cuenta que enseñaban.
Porque no pude evitar imaginar lo orgullosos que deben sentirse de tener dos mujeres tan educadas, pacientes, empáticas y generosas.
Hay valores que no se aprenden en un taller.
Se cultivan durante años.
En conversaciones a la hora de la comida.
En un “así no se le habla a nadie” dicho a tiempo.
En ver a un papá o a una mamá pedir disculpas cuando se equivocan, y entender que eso también es fortaleza.
Se cultivan en el ejemplo repetido tantas veces que termina convirtiéndose en carácter.
Y ese carácter, algún día, sale a la calle.
Se sienta en un taller de velas.
Y decide, sin que nadie se lo pida, ser amable con una desconocida que acaba de cometer un error.
Como profesora universitaria durante muchos años también conocí la otra cara.
Viví situaciones difíciles con estudiantes que respondían desde el enojo, la falta de respeto o la exigencia inmediata.
Por eso, cuando encuentro personas como Carolina y Diana, lo noto enseguida.
Y lo agradezco.
Vivimos en una época donde parece que cualquier inconveniente justifica perder la paciencia.
Donde el reclamo llega antes que la pregunta.
Donde exigir se volvió más fácil que comprender.
Pero creo que el verdadero carácter aparece justamente ahí.
En cómo tratamos a los demás cuando algo no sale como esperábamos.
En lo que elegimos hacer con nuestra molestia, en vez de dejar que ella nos haga a nosotros.
Carolina y Diana, gracias.
No solo por volver dentro de un mes.
Gracias por recordarme que la empatía sigue existiendo.
Y por darme, sin saberlo, una lección más valiosa que cualquier vela que yo les pueda regalar.
Y si algún día sus papás llegan a leer esto, solo quiero decirles una cosa:
Hicieron un gran trabajo.
Lo que sembraron en casa, sin cámaras ni aplausos, hoy se nota en cómo sus hijas tratan a una desconocida.
Eso no se improvisa.
Eso se cría.
Porque el mundo siempre necesita más personas que, antes de reaccionar, eligen comprender.
Y más padres que, sin saberlo, están formando a esas personas todos los días.
Gracias por visitarme, un abrazo enorme,
Laura