El misterio de las tres casitas de Navidad | Una novela de Ossa Gifts CR.

El misterio de las tres casitas de Navidad | Una novela de Ossa Gifts CR.

DEDICATORIA

A las mujeres que alguna vez encendieron una vela sin necesitar luz.

A mis alumnas, mis clientas, mis amigas, mis cómplices de aromas, conversaciones y rituales.
A las que han llegado cansadas a mi estudio y se han ido un poquito más ellas.

A mi mamá, que me enseñó que cuidar una casa también puede ser una forma silenciosa de decir: “te quiero”.

Y a Alito, mi hermano, que sigue siendo uno de los recuerdos más dulces de diciembre.

Hay personas que se quedan viviendo en los aromas: en la canela, en la vainilla, en una casa que huele a Navidad y, por un instante, nos devuelve algo que creíamos perdido.

Esta historia también es para ti.

Porque después de tantos años trabajando con aromas he aprendido algo: la memoria guarda detalles que nosotros olvidamos.

Y en esta historia, un pequeño detalle será suficiente para descubrir la verdad.

Laura Madrigal

AGRADECIMIENTOS

A Sherlock Holmes, por prestarse a resolver un misterio que, probablemente, Watson habría complicado un poquito más.

A todas las personas que aparecen en estas páginas: ustedes saben quiénes son. Las quiero profundamente, incluso después de haberlas convertido en sospechosas. Algunas saldrán mejor libradas que otras.

A mis alumnas y clientas, porque durante tantos años me han permitido entrar en sus casas a través de un aroma, una vela, un taller o una conversación. Muchas de las historias que cuento nacen, de alguna manera, de todo lo que he vivido junto a ustedes.

A Alex, mi esposo, por su amor, por caminar a mi lado y por inspirarme siempre a querer ser una mejor versión de mí. Gracias por creer en mis ideas, incluso cuando empiezan con algo tan improbable como: “Tengo una idea, voy a escribir una novela de Sherlock Holmes para encontrar tres casitas.”

A Vale, Galy y María Laura, mis tres hijas, el corazón de mi vida. Ustedes son una de las razones más profundas por las que quiero aprender, crecer, crear y ser mejor cada día. Ojalá algún día, cuando miren todo lo que hice, recuerden sobre todo esto: su mamá nunca dejó de tener ideas, de perseguirlas y de creer que podía convertirlas en algo bonito.

A mi familia, que ha aprendido que en esta casa Navidad puede empezar perfectamente en julio y que, cuando digo “se me ocurrió algo”, probablemente todos terminaremos involucrados.

Y a Ossa, que lleva seis años enseñándome que un negocio puede ser mucho más que aquello que vende. Puede convertirse en historias, personas, recuerdos, errores, aprendizajes y pequeños momentos que hacen la vida más bonita.

Gracias por formar parte de esta historia.

Ahora sí, hay tres casitas desaparecidas y demasiados sospechosos.

INTRODUCCIÓN

LA PREGUNTA QUE LO EMPEZÓ TODO

El miércoles 8 de julio, a las 6:47 de la mañana, María Laura entró a la sala en pijama, con el pelo revuelto y los ojos todavía medio cerrados.

Estaba de vacaciones del Liceo Franco Costarricense y, a esa hora, no tenía ninguna intención de resolver un misterio.

Solo quería encontrar el control del televisor.

Buscó entre los cojines.

Nada.

Sobre la mesa.

Nada.

Debajo del sofá.

Tampoco.

Entonces levantó la mirada hacia la bofetera de madera.

Y se olvidó del control.

Mami.

Esperó unos segundos.

¡Mami!

Laura apareció desde la cocina sosteniendo entre las manos su nueva taza otoñal. El té chai todavía humeaba y dejaba en el aire un ligero aroma a canela y especias.

¿Qué pasó? María Laura señaló la bofetera.

¿Y las casitas?

Laura miró. Y se quedó quieta.

Sobre aquel mueble debían estar tres velas de diseño en forma de casita.

Una pequeña. Una mediana. Y una grande.

Juntas formaban una villa navideña.

Las tres estaban terminadas, pintadas y listas. Laura las había colocado allí por una razón muy sencilla: para ella, la Navidad empieza en julio.

Mientras el resto del mundo todavía estaba pensando en vacaciones, Laura ya imaginaba diciembre: aromas, velas, cajas, talleres, regalos y todas esas pequeñas cosas capaces de hacer que una casa se sienta distinta cuando llega Navidad.

Ese año había querido mostrar un pequeño adelanto durante el aniversario de Ossa.

Y las tres casitas habían sido parte de la sorpresa.

El sábado anterior estaban exactamente allí.

Laura lo recordaba perfectamente. La pequeña. La mediana. La grande.

Las tres formando aquella villa navideña sobre la bofetera.

Y no era la única que podía asegurarlo.

Todos las habían visto.

Las personas que llegaron al aniversario se habían acercado a admirarlas.

¡Qué lindas!

¿Estas vienen para Navidad?

¿Son velas?

Yo quiero una.

Laura había sonreído cada vez.

Eso era precisamente lo que quería: que quienes llegaran al aniversario pudieran ver un poquito de todo lo bonito que Ossa estaba preparando para Navidad.

Pero ahora no había ninguna.

La villa completa había desaparecido.

Laura dejó lentamente la taza sobre la mesa.

¿Quién movió las casitas?

Yo no, respondió María Laura.

¿Tu papá? No sé.

Laura se acercó al mueble. Miró hacia un lado. Después hacia el otro.

Era absurdo, pero durante unos segundos buscó como si tres velas de aquel tamaño pudieran haberse desplazado solas durante la noche.

La pequeña no estaba.

La mediana tampoco.

Y la grande una pieza imposible de guardar distraídamente en cualquier parte había desaparecido con ellas.

Qué raro…

María Laura la observó. ¿Y si alguien se las llevó?

Laura soltó una pequeña risa.

María Laura, ¿quién se va a robar una villa de Navidad en julio?

Parecía una pregunta absurda.

No lo era.

Laura empezó a buscar.

Primero en los lugares razonables.

Después en los que no tenían ningún sentido.

Abrió muebles. Revisó cajas. Entró al taller. Volvió a la sala. Preguntó.

Nadie las había movido.

Preguntó otra vez. Nadie las había guardado.

Nadie sabía nada. O eso dijeron.

Al final de la mañana regresó a la sala con el chai ya frío y se quedó mirando la bofetera.

Intentó reconstruir los últimos días.

¿Cuándo había visto las casitas por última vez?

Esta vez sí podía responder.

El sábado.

Durante el aniversario de Ossa.

Estaban las tres. Estaba segura.

Pero había otra pregunta mucho más difícil.

¿Quién había sido la última persona en acercarse a ellas?

Laura trató de recordar.

Caras.

Conversaciones.

Personas entrando y saliendo.

Alguien preguntando por una fragancia.

Alguien tomando una fotografía.

Una risa desde la cocina.

Una puerta que se abría.

Otra que se cerraba.

Las casitas estaban allí.

Después ya no.

Y entre una cosa y la otra había un espacio que Laura no podía reconstruir.

Miró nuevamente la superficie del mueble.

No vio nada extraño. Nada fuera de lugar.

Nada que pudiera explicar cómo tres velas habían desaparecido de su propia casa.

O al menos eso creyó.

Porque algo había quedado allí.

Un detalle insignificante.

Tan fácil de ignorar que Laura había pasado frente a él varias veces aquella mañana sin verlo.

Semanas después, Sherlock Holmes se detendría exactamente en aquel lugar.

Y lo vería casi de inmediato.

Ocho meses antes, a más de ocho mil kilómetros de Tres Ríos, Sherlock Holmes había encontrado una de las pocas cosas capaces de irritarlo verdaderamente: una evidencia que no podía interpretar.

Durante la investigación de un robo en Kensington había examinado el abrigo del principal sospechoso.

Barro seco en el borde inferior.

Dos fibras rojas adheridas a una manga.

Una pequeña rasgadura cerca del bolsillo.

Y un aroma. No era perfume. Tampoco jabón.

Holmes identificó bergamota, madera y una nota ligeramente dulce.

Pero había algo más. Una cuarta nota.

Durante dos días intentó identificarla.

No pudo.

Watson disfrutó de la situación bastante más de lo que debería.

Podrías preguntarle a alguien, sugirió finalmente.

Holmes continuó examinando el abrigo.

Watson, preguntar es lo que hacen las personas antes de observar.

Llevas dos días observando el mismo abrigo.

Holmes levantó la mirada.

Watson sonrió.

Aquella noche fue Watson quien encontró una referencia a una mujer en Costa Rica que llevaba años trabajando con ceras y fragancias.

Laura Madrigal.

Le escribieron.

La respuesta llegó doce minutos después.

Laura no intentó adivinar.

Hizo tres preguntas.

¿Dónde encontraron la prenda?

¿Cuánto tiempo llevaba guardada?

Y una tercera:

¿Dónde se percibe con mayor intensidad el aroma: cerca del cuello o en las mangas?

Holmes respondió.

Cuatro minutos después llegó otro mensaje.

Laura había identificado la nota que faltaba.

Sin embargo, no fue eso lo que llamó su atención.

Al final del mensaje había escrito:

“No se pregunte solamente a qué huele. Pregúntese por qué ese aroma está ahí.”

Holmes leyó la frase una vez.

Después otra.

Y una tercera.

Volvió al abrigo.

Veinticuatro horas más tarde, el caso estaba resuelto.

Sherlock Holmes podía olvidar una fecha.

Podía olvidar una cena.

Según Watson, podía incluso olvidar que el resto de la humanidad necesitaba dormir.

Pero no olvidaba una deuda.

El miércoles 8 de julio, a las 7:13 de la mañana, el teléfono de Holmes recibió un mensaje desde Costa Rica.

Era una fotografía.

Una bofetera vacía.

Debajo, Laura había escrito:

Holmes, desaparecieron las tres casitas.

La respuesta llegó cincuenta y dos segundos después.

¿Cuándo las vio por última vez, señora Madrigal?

Laura escribió:

El sábado, durante el aniversario de Ossa. Las tres estaban ahí. Estoy segura. Todo el mundo las vio.

La respuesta fue inmediata.

¿Todo el mundo?

Laura frunció el ceño.

Sí. Las admiraron muchísimo.

Pasaron unos segundos.

Entonces tenemos nuestro primer problema.

Laura escribió:

¿Cuál?

Usted organizó una celebración en su casa y exhibió tres objetos que, poco después, desaparecieron.

Laura leyó el mensaje.

Eso suena bastante peor cuando usted lo dice así.

La respuesta apareció enseguida.

Los hechos suelen hacerlo.

Laura sonrió.

Solo un poco.

Entonces llegó otra pregunta.

¿Quién fue la última persona que vio las tres casitas juntas?

Laura comenzó a escribir:

Yo.

Se detuvo.

Borró la palabra.

Pensó en el sábado.

En las conversaciones.

En las fotografías.

En las personas acercándose a la villa.

No lo sabía.

Escribió:

No estoy segura.

Esta vez Holmes tardó un poco más en responder.

Excelente.

Laura levantó una ceja.

¿Excelente?

La certeza sin evidencia es mucho más peligrosa que la duda, señora Madrigal.

Y después apareció otro mensaje:

Necesito una lista de todas las personas que estuvieron en su casa el sábado.

Laura dejó de sonreír.

¿Todas?

Todas.

Laura empezó a escribir los nombres.

Antes de que pudiera enviar el mensaje, llegó una última instrucción:

Y no les diga por qué.

Laura miró nuevamente la bofetera.

Después miró la lista de nombres en su teléfono.

Personas que conocía.

Personas a las que quería.

Personas que habían ido a celebrar con ella.

Todas habían visto las casitas.

Cualquiera podía haberlas tocado.

Pero había algo que Laura todavía daba por sentado.

Algo que Sherlock Holmes no estaba dispuesto a aceptar.

Que las tres casitas habían desaparecido juntas.

Y esa sería la primera suposición que tendría que demostrar.

Porque en un buen misterio, el problema no siempre está en aquello que no sabemos.

A veces está en aquello que creemos saber.

Y así comenzó el caso de: 

LAS TRES CASITAS PERDIDAS

AHORA TE TOCA INVESTIGAR

¿Qué detalle de esta primera parte te pareció sospechoso?

Déjame tu teoría en los comentarios. Puede que hayas visto una pista que a alguien más se le escapó.

Y recuerda: al final de esta historia tendremos 3 ganadoras, que recibirán premios muy especiales de Ossa y de nuestras marcas amigas.

Así que lee con atención, guarda tus pistas y no descartes ningún detalle.

Sherlock ya tiene sus sospechas. ¿Y tú?

Gracias por visitarme, un abrazo enorme, 

Laura

 

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9 comentarios

Yo me quedo con una frase de Holmes: “Que las tres casitas habían desaparecido juntas”. 🤔 Siento que ahí está la primera trampa de la historia. A veces creemos tener claro lo que pasó simplemente porque así lo recordamos, pero Holmes está buscando justamente aquello que todos están dando por sentado. Y ahora no puedo dejar de pensar en ese pequeño detalle que quedó en la bofetera… 👀🎄 Creo que Laura nos está diciendo que miremos donde ella no miró.

Tati Porras

Según lo que descubrío Sherlock Homes concuerdo qué está difícil que una sola persona tomará las 3 casitas, más cuando la grande, es de un tamaño muy particular.
Me sorprende que unas casitas tan hermosas, estuvieran más de 2 días extraviadas y nadie notará su faltante.
Y como una persona las tomará y su fragancia pasará desapercibida, a la hora que se las llevó.

Viviana Carballo

¿Cómo se dieron cuenta hasta las miércoles que no estaban las casitas ? Si estaban en un lugar muy visible.

Paula Quiros S

Mi hipótesis: no existe evidencia de que las tres casitas estuvieran juntas después del sábado, una o más pudieron ser movidas antes que las otras; el detalle que quedó en la bofetera probablemente demostrará eso, el misterio cuando desapareció cada casita y quién fue la última personas que la vio. “La certeza sin evidencia es mucho más peligrosa que la duda”.

Yorleny Fonseca

Primero porque el instinto de Lau fue que ella la última en verlo, además del sábado que las vió al miércoles pasaron 5 días y no se percibió que faltaba, será que Ossa utilizó magia para que no fuera posible verlas después de ese día, una ilusión o que la misma persona que estaba utilizando el abrigo fue la que se llevó las casitas?

Valeria Rayo Espinoza

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