Sherlock y las 3 casitas perdidas | Novela navideña de Ossa Costa RicaCapítulo #3, Sherlock Holmes y la deuda de los aromas.

Sherlock y las 3 casitas perdidas | Novela navideña de Ossa Costa RicaCapítulo #3, Sherlock Holmes y la deuda de los aromas.

Sherlock Holmes llegó a Costa Rica el viernes 10 de julio.

Dos días después de que Laura le escribiera.

No era la primera vez que se comunicaban.

Tiempo atrás, un caso relacionado con aromas los había puesto en contacto. Sherlock había resuelto aquel misterio, como era de esperarse, aunque una observación de Laura sobre una combinación aromática había terminado resultándole útil.

Laura nunca consideró aquello una hazaña.

Sherlock, aparentemente, tampoco lo había olvidado.

Quizá por eso aceptó viajar hasta Costa Rica por tres casitas de Navidad desaparecidas.

O quizá, como Laura sospechaba, para Sherlock Holmes el tamaño del objeto nunca había determinado el tamaño del misterio.

Cuando llegó a la casa, Laura abrió la puerta antes de que pudiera tocar por segunda vez.

Durante unos segundos ocurrió algo que ella jamás admitiría con demasiada facilidad:

se quedó mirándolo.

Había leído suficiente sobre Sherlock Holmes como para sentir que ya conocía algunos de sus gestos.

La manera de observar antes de preguntar.

La quietud extraña cuando algo capturaba por completo su atención.

La capacidad de hacer sentir a otra persona que una conversación había comenzado varios minutos antes de que él pronunciara la primera palabra.

Pero leer sobre Sherlock Holmes y tenerlo frente a la puerta de la casa eran experiencias considerablemente distintas.

Él extendió la mano.

Señora Madrigal.

Laura se la estrechó.

Me puede decir Laura. Me gusta más.

Holmes inclinó ligeramente la cabeza.

Laura, entonces.

Y entró.

No preguntó inmediatamente por las casitas.

Eso desconcertó a Laura.

Primero observó la entrada.

Después la sala.

La distancia hasta la cocina.

Las puertas.

Las ventanas.

La posición de los muebles.

La bofetera.

Y finalmente el estudio.

Allí se detuvo.

Frascos de aromas.

Cera.

Moldes.

Ossa Wax.

Quemadores.

Pruebas de color.

Cajas.

Velas terminadas y otras a medio hacer.

Una mesa que para cualquier otra persona podía parecer llena de cosas y que Laura sabía exactamente cómo leer.

Sherlock tomó uno de los frascos.

No lo abrió.

Leyó la etiqueta.

¿Mezcla usted sus propios aromas?

Algunos.

¿Y recuerda las fórmulas?

Muchas.

¿Sin escribirlas?

Algunas sí.

Holmes dejó el frasco exactamente donde estaba.

Interesante.

Laura lo observó.

¿Qué cosa?

Que confíe tanto en su memoria.

Ella entrecerró los ojos.

¿Eso tiene que ver con mis casitas?

Todo tiene que ver con sus casitas hasta que podamos demostrar lo contrario.

Laura sonrió.

Ya empezaba a entender por qué conversar con Sherlock Holmes podía resultar agotador.

Y fascinante.

Holmes regresó a la sala.

Esta vez fue directamente hacia la bofetera.

No la tocó.

Se quedó frente a ella.

La observó durante varios segundos.

Después retrocedió.

Volvió a acercarse.

Miró hacia la puerta principal.

Luego hacia el lugar donde habían estado las mesas durante el aniversario.

Enséñeme exactamente dónde estaban.

Laura señaló la superficie.

Aquí.

¿Juntas?

Sí. Como una pequeña villa.

¿En qué orden?

Laura se acercó.

La pequeña aquí. La mediana en el centro. La grande de este lado.

Holmes observó las dimensiones del mueble.

¿Podía una persona llevarse las tres discretamente con las manos?

Laura negó.

No. Ya se lo dije. No eran pequeñas.

Usted me dijo que no cabían juntas en una mano. No es lo mismo.

Laura lo miró.

Holmes no sonreía.

Ella sí.

Definitivamente no.

Entonces quien se las llevó necesitó más de un viaje.

Hizo una pausa. o algo donde colocarlas.

Laura pensó inmediatamente en las bolsas del aniversario.

Holmes la vio hacerlo.

No diga nada todavía.

¿Cómo sabe que iba a decir algo?

Miró hacia las sillas cuando mencioné la posibilidad de transportarlas.

Laura volvió la cabeza hacia él.

Yo estudio lenguaje corporal.

Entonces debería haberlo sabido.

Laura soltó una carcajada.

Aquello iba a ser una semana larga.

Sobre una mesa cercana estaban la pañoleta y el botón rojo que Laura había encontrado el domingo.

Holmes los observó.

Cuénteme cómo encontró esto.

Laura comenzó por la pañoleta.

Explicó que estaba limpiando.

Que había aparecido cerca de la sala.

Que la había asociado inmediatamente con Doña Rocío por su estilo y porque había regresado recientemente de Europa.

Después habló del botón.

Rojo.

La chaqueta de Juanita.

Holmes escuchó sin interrumpirla.

Cuando terminó, tomó su cuaderno.

Escribió:

PAÑOLETA: encontrada domingo. Procedencia desconocida.

Debajo:

BOTÓN ROJO:  encontrado domingo. Procedencia desconocida.

Laura leyó por encima de su hombro.

Pero probablemente el botón sea de Juanita.

Holmes añadió una palabra:

Probablemente.

¿Y la pañoleta?

Me recuerda a Doña Rocío.

Escribió:

Recuerda.

Laura cruzó los brazos.

Está disfrutando esto.

Muchísimo.

Fue la primera vez que Laura creyó detectar algo parecido a humor en él.

Entonces, ¿no le parecen pistas?

Claro que son pistas.

Pero no cree que sean de ellas.

No he dicho eso.

Holmes dejó el lápiz.

El problema, Laura, es que usted está buscando personas para sus objetos.

Señaló la pañoleta.

Esto parece de Doña Rocío.

Después el botón.

Esto parece de Juanita.

La miró.

Yo prefiero esperar hasta encontrar un objeto que solo pueda pertenecer a una persona.

Laura no respondió.

Aquella frase se quedó con ella.

Sherlock pidió las fotografías.

Todas.

Laura había seguido sus instrucciones.

No había seleccionado únicamente las bonitas.

Había fotos desenfocadas.

Fotos repetidas.

Videos.

Capturas accidentales.

Personas con los ojos cerrados.

Mesas cortadas por la mitad.

Bolsas ocupando el primer plano.

Laura le entregó el teléfono.

Sherlock comenzó por la primera.

Y avanzó lentamente.

Demasiado lentamente para la paciencia de Laura.

Esa no sirve.

Holmes no levantó la mirada.

Precisamente por eso la estoy viendo.

Siguió.

Una fotografía mostraba a varias mujeres conversando.

Al fondo, las casitas.

Otra mostraba parte de una rifa.

Las tres seguían allí.

Después aparecieron los cupcakes.

Polleth vestida de blanco.

Eyleen riéndose.

Personas de pie.

Bolsas movidas.

Sillas fuera de lugar.

Sherlock amplió una imagen.

Después otra.

Volvió a la anterior.

¿Qué?

Todavía nada.

Lleva cinco minutos mirando la misma esquina.

Cuatro minutos y diecisiete segundos.

Laura lo miró.

Eso no mejora la situación.

Holmes continuó.

Finalmente colocó el teléfono sobre la mesa.

Tenemos una última fotografía en la que pueden verse claramente las tres casitas.

Laura se inclinó.

Era de aquella tarde.

Las tres estaban al fondo.

Pequeña.

Mediana.

Grande.

¿A qué hora?

Holmes miró la información de la imagen.

Anotó el dato en su cuaderno.

Esto nos da una hora comprobable.

Entonces ya sabemos cuándo desaparecieron.

No.

Sabemos que fue después.

Eso sí.

Holmes volvió a mirar la fotografía.

Una investigación mejora considerablemente cuando dejamos de exigirle a una evidencia que diga más de lo que realmente dice.

Laura se quedó mirando la imagen.

Había pasado cuatro días intentando recordar.

Sherlock había necesitado unos minutos para cambiar la pregunta.

No era:

¿Cuándo recuerdo haber visto las casitas?

Era:

¿Cuál es la última vez que puedo demostrar que estaban allí?

Durante años Laura había estudiado a las personas.

Sus gestos.

Sus decisiones.

La forma en que una emoción podía cambiar una conducta.

Aquella tarde comenzó a comprender que observar como Sherlock Holmes era otra cosa.

No se trataba solamente de mirar más.

Se trataba de suponer menos.

Holmes dejó el teléfono.

Ahora quiero ver el mueble.

Lo ha estado viendo desde que llegó.

He estado viendo la escena.

Se agachó.

Ahora quiero ver el mueble.

Pasó la mirada por el borde inferior.

Después por uno de los costados.

Se inclinó hasta casi quedar a la altura del piso.

Laura permaneció detrás de él.

Holmes pasó dos dedos por el estrecho espacio entre la bofetera y la pared.

Se detuvo.

¿Qué encontró?

No respondió.

Introdujo la mano con cuidado.

Cuando volvió a sacarla, tenía un papel doblado entre los dedos.

Laura lo reconoció por el diseño antes de que Sherlock lo abriera.

Eso es una factura.

Holmes la desplegó.

Ya lo veo.

Laura se acercó.

Y entonces reconoció algo más.

Es de Amanda.

Holmes levantó la vista.

¿Amanda?

Ella hace las cajas de Ossa.

Sherlock volvió al documento.

Laura sintió una incomodidad pequeña y absurda.

Amanda era alguien con quien trabajaba.

Alguien conocido.

Una factura suya en la casa no tenía absolutamente nada de extraño.

Excepto por una cosa.

Estaba detrás de la bofetera.

Holmes examinó el papel.

¿Cuándo recibió estas cajas?

Laura miró la fecha.

Martes 7 de julio.

Se quedó quieta.

El martes.

¿Usted estaba aquí?

No. Estaba dando clases.

¿Quién las recibió?

Alex.

Holmes dobló nuevamente la factura.

¿Amanda vino personalmente?

Laura asintió.

Sí.

¿Eso era habitual?

Laura tardó un segundo.

No.

Sherlock no hizo ningún comentario.

Solo escribió algo.

Laura intentó mirar.

Él cerró el cuaderno.

Eso fue muy rápido.

¿Qué cosa?

Cerrar el cuaderno.

Usted lee por encima de mi hombro.

Usted escribe cosas sobre mis amigas.

Sobre sus casitas.

Amanda no estuvo en el aniversario.

Sherlock se detuvo.

¿No?

Era su aniversario de bodas.

Holmes volvió a abrir el cuaderno.

Laura siguió hablando.

Pero...

Se detuvo.

Sherlock esperó.

¿Pero?

Laura acababa de recordar algo.

El sábado, durante la celebración, había tomado fotografías de las casitas.

Le habían gustado tanto que había enviado una a Amanda.

Holmes la observaba.

Yo le mandé una foto.

¿De qué?

De las casitas.

Silencio.

¿El sábado?

Sí.

Sherlock escribió una sola línea.

Laura intentó leerla.

Esta vez él giró ligeramente el cuaderno.

Eso es trampa.

No estamos compitiendo.

Qué conveniente.

Holmes guardó el papel.

No acusó a Amanda.

No dijo que la factura demostrara nada.

No hizo ninguna de las cosas que Laura esperaba.

En cambio preguntó:

¿Dónde está su esposo?

Alex apareció unos minutos después.

Sherlock no lo interrogó.

Todavía no.

Le hizo únicamente una pregunta.

¿Recuerda haber recibido a Amanda el martes?

Sí.

¿Estuvo ella sola en esta sala?

Alex pensó.

Sí. Recibí una llamada de trabajo y tuve que apartarme.

¿Cuánto tiempo?

Alex abrió la boca.

Después la cerró.

Intentó recordar.

No sé.

Holmes esperó.

De verdad no sé, repitió Alex. Pudo haber sido poco. Estaba metido en una llamada.

Sherlock asintió.

Nada más.

No preguntó qué había hecho Amanda.

No preguntó dónde había puesto las cajas.

No preguntó si había mirado hacia la bofetera.

Simplemente anotó:

MARTES — AMANDA. SALA. SOLA. TIEMPO INDETERMINADO.

Laura leyó aquellas cuatro palabras.

Esta vez Sherlock se lo permitió.

Y de pronto la factura detrás de la bofetera dejó de parecer simplemente una factura.

Sherlock

No.

Ni siquiera sabe lo que voy a preguntar.

Va a preguntarme si sospecho de Amanda.

Laura guardó silencio.

Exactamente eso iba a preguntar.

Holmes se acercó nuevamente a la bofetera.

Una factura demuestra que una factura estuvo detrás de este mueble.

Amanda estuvo aquí.

Sí.

Sola.

Sí.

Sabía de las casitas.

También.

Laura levantó las manos.

Entonces.

Holmes la miró.

Entonces tenemos tres hechos.

Bastante sospechosos.

Eso es una interpretación.

Laura suspiró.

Debe ser agotador vivir dentro de su cabeza.

No especialmente.

Para los demás, Sherlock.

Holmes pareció considerar la posibilidad.

Eso es más probable.

Laura se rio.

Sherlock caminó nuevamente alrededor de la sala.

Se detuvo frente al lugar donde habían estado las bolsas del aniversario.

Después miró la bofetera.

Hay algo que no me gusta.

¿Amanda?

No.

¿La factura?

Tampoco.

Laura esperó.

Las tres casitas.

Eso es precisamente lo que falta.

Exactamente.

Holmes señaló el espacio vacío.

Tres objetos de tamaños diferentes. Visibles. Delicados. Imposibles de esconder juntos en una mano.

Se volvió hacia Laura.

Usted está pensando en quién pudo querer llevárselos.

Sí.

Yo todavía estoy pensando en cómo alguien consiguió sacarlos de aquí sin que nadie lo notara.

Laura miró hacia el lugar donde el sábado habían estado las bolsas.

Después hacia la puerta.

Y por primera vez imaginó la escena no como un recuerdo.

Sino como un problema.

Antes de marcharse de la sala, Holmes volvió a mirar la factura.

Luego la pañoleta.

El botón rojo.

Las fotografías.

Tres tipos distintos de evidencia.

Un objeto que parecía señalar a alguien.

Otro que recordaba a otra persona.

Y un papel que parecía colocar a Amanda exactamente donde no convenía que estuviera.

Demasiado conveniente.

Holmes guardó el cuaderno.

Mañana quiero reconstruir a todas las personas que tuvieron acceso a esta sala desde el sábado.

Van a ser muchas.

Mejor.

¿Mejor?

Sherlock miró la bofetera vacía.

Los misterios con una sola posibilidad son aburridos.

Laura sonrió.

A mí me bastaba con recuperar mis casitas.

Holmes caminó hacia el estudio.

Y a mí me bastaría con que dejara de decidir quién es culpable antes que yo.

¡Yo no he decidido nada!

Sherlock siguió caminando.

Amanda.

Laura abrió la boca.

No encontró una respuesta.

Y escuchó, desde el estudio:

Eso pensé.

Aquella noche, Laura volvió a mirar la factura.

Amanda.

Era difícil no hacerlo.

No había asistido al aniversario.

Pero conocía las casitas porque Laura misma le había enviado una fotografía.

Tres días después había llegado personalmente con una entrega que normalmente no hacía.

Había permanecido sola en la sala durante un tiempo que Alex no podía precisar.

Y una factura relacionada con aquella entrega había aparecido detrás del mismo mueble donde habían estado las tres casitas.

Era demasiado.

O quizá, como empezaba a sospechar Sherlock Holmes, era precisamente el problema:

parecía demasiado.

Y todavía quedaban personas por colocar dentro de aquellos cuatro días.

Incluida una visita del domingo que Laura seguía sin recordar.

PISTA PARA LA LECTORA

Sherlock ya tiene una última fotografía que demuestra que las tres casitas seguían juntas en algún momento del sábado por la tarde.

Después de ese instante, nada está demostrado todavía.

Y ahora aparece una nueva evidencia: una factura relacionada con Amanda, fechada el martes, detrás de la bofetera.

Pero Sherlock advierte algo importante: que una pista señale a una persona no significa necesariamente que esa persona la haya dejado allí.

AHORA TE TOCA INVESTIGAR

Amanda sabía de las casitas.

Estuvo sola en la sala.

Alex no recuerda durante cuánto tiempo.

Y su factura apareció detrás de la bofetera.

¿Es una coincidencia, una pista o algo colocado para que parezca una pista?

Guarda tu teoría.

Porque Sherlock todavía no ha empezado a interrogar a las sospechosas.

Y cuando lo haga, algunas cosas que parecen evidentes dejarán de serlo.

Gracias por visitarme. Un abrazo enorme,


Laura




 

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8 comentarios

Hay algo que me gusta del texto: suponer no es suficiente. Se necesitan hechos concretos. Si supusiéramos menos en la vida cotidiana, habrían menos conflictos ¿no les parece?
Por ahora lo más tangible es la factura de Amanda. Habrá que esperar…
PD: Que dichoso Sherlock que pudo entrar al estudio de Lau… 🤭

Rocío

Mi teoría es que la factura de Amanda es demasiado evidente para ser la solución. Sabemos que ella estuvo sola en la sala y que conocía las casitas, pero no sabemos si aún estaban allí cuando llegó. La factura demuestra que Amanda estuvo cerca de la bofetera, no que tomó las casitas. Creo que la clave está en cómo alguien pudo sacar tres objetos relativamente grandes sin llamar la atención

Yorle

Siento que esa factura fue colocada extrategicamente para desviar la atención hacia Amanda, pero podría ser simplemente una casualidad, no se puede culpar a una persona, sólo por que en apariencia, parece ser la persona más probable…

Viviana Carballo

La hechos ponen a Amanda en na situación de sospechosa. Pero aún falta ver que encontró María Laura y la visita misteriosa del domingo.

PaulaQ

Pienso que hay que dar más tiempo; puede que aparezcan más evidencias en el camino, puede que no haya sido precisamente Amanda quien puso esa factura ahí, y creo que aún faltan cosas por resolver.

Annia Monge Vargas

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