Hace unos días empecé a leer El cerebro de Buda.
Y aunque el libro habla de neurociencia, felicidad, atención y conciencia, hubo algo que me golpeó muchísimo más profundo: muchas veces no vivimos desde la calma.
Vivimos desde supervivencia.
Y honestamente creo que durante mucho tiempo yo viví así.
Con la sensación constante de tener que hacer más.
Más contenido.
Más ideas.
Más proyectos.
Más productividad.
Más resultados.
Sentía culpa cuando descansaba.
Como si detenerme fuera irresponsable.
Como si todo lo que hacía tuviera que convertirse en algo útil, rentable o productivo para “merecer” mi tiempo.
Y poco a poco empecé a abandonar pequeñas cosas que amaba.
Cocinarle a mi familia.
Leer lento.
Sentarme sin hacer nada.
Disfrutar sin pensar inmediatamente cómo monetizarlo después.
Todo comenzó a sentirse como una transacción.
Incluso la creatividad.
Y creo que muchas mujeres viven así sin darse cuenta.
Con el cuerpo permanentemente acelerado.
Con la mente incapaz de descansar.
Con la sensación de que si no están produciendo, avanzando o resolviendo algo…
entonces están perdiendo el tiempo.
Pero El cerebro de Buda habla muchísimo de algo que olvidamos:
el cerebro aprende aquello que repetimos constantemente.
Y cuando repetimos estrés, urgencia, alerta, hiperproductividad, comparación y exigencia.
El cuerpo termina creyendo que vivir tensas es normal.
Creo que ahí fue donde empecé a entender algo importante: yo no quería construir una vida donde todo se viera exitoso, pero yo viviera agotada por dentro.
Y curiosamente, cuando empecé a bajar la velocidad,
algo cambió también en Ossa.
Cuando dejé de intentar controlar absolutamente todo.
Cuando dejé de correr tanto.
Cuando volví a cocinar.
Cuando empecé otra vez a leer por placer.
Cuando regresé a mis rituales pequeños.
Cuando dejé de medir cada minuto desde la productividad.
La creatividad volvió.
La paz volvió.
Y lo más extraño es que también empezaron a llegar cosas mucho más grandes para la marca.
Hace poco produjimos 6000 velas para una empresa global.
Y todavía me impresiona pensar que uno de los aprendizajes más importantes de esta etapa no fue: “trabaja más duro”.
Fue: “deja de vivir tan lejos de ti misma.”
Porque creo que muchas veces confundimos crecimiento con agotamiento.
Y no necesariamente van juntos.
El libro también habla de cómo el cerebro y el cuerpo necesitan espacios de seguridad para regularse.
Y honestamente, creo que ahí entendí muchísimo más profundamente lo que siempre había querido crear con Ossa.
Nunca quise hacer solo velas.
Quise crear pequeños espacios donde el cuerpo pudiera sentirse seguro otra vez.
Por eso me importan tanto: los aromas, la luz cálida, los rituales, las pausas, el hogar emocional, los talleres donde nadie tiene que hacerlo perfecto.
Porque el mundo ya exige demasiado.
Y quizás muchas mujeres no necesitan otra presión más.
Quizás necesitan volver.
Volver al cuerpo.
Volver a sentirse presentes.
Volver a disfrutar algo sin convertirlo inmediatamente en productividad.
Volver a cocinar lento.
Volver a crear por placer.
Volver a respirar sin culpa.
Tal vez por eso hoy veo distinto cosas que antes parecían pequeñas.
Encender una vela.
Preparar matcha.
Leer unas páginas.
Pintar.
Bajar la intensidad de la luz.
Escuchar música mientras un aroma llena la casa.
Pequeños rituales.
Pero quizás son precisamente esos pequeños rituales los que evitan que terminemos desapareciendo completamente de nosotras mismas.
Y creo que eso también es Ossa.
No una marca de velas.
Sino una invitación constante a recordar que la vida también merece sentirse habitable.
Gracias por visitarme,
Un abrazo fuerte, Laura