Diario de una empresaria en Costa Rica #3

Diario de una empresaria en Costa Rica #3

¿Cuánto más necesitamos aprender antes de empezar a hacer?

Hoy fui a clases con Charlot.

Charlot es mi celular.

Se llama así por Charlotte, de Sex and the City. Tengo la costumbre de ponerles nombre a las cosas que me acompañan y me hacen la vida un poquito más fácil. Mi carro, por ejemplo, se llama Caporal.

No sé cuándo empezó esta manía. Quizá sea mi manera de agradecer silenciosamente a los objetos que terminan siendo testigos de tantas partes de mi vida.

Y Charlot hoy tenía trabajo.

A las cuatro de la tarde me senté nuevamente en la Escuela de Emprendimientos, esta vez para continuar trabajando sobre algo que en los negocios parece sencillo hasta que uno intenta responderlo con precisión:

¿Qué necesita realmente nuestro cliente?

La clase giró alrededor de los trabajos que intenta resolver, sus dolores, sus ganancias y la necesidad de distinguir aquello que sabemos de aquello que solamente suponemos.

El ejercicio consistía en introducir en una herramienta de inteligencia artificial un prompt bastante detallado.

Trabajo funcional.
Trabajo emocional.
Trabajo social.
Dolores.
Ganancias.
Prioridades.

Y dos palabras que terminaron interesándome mucho más que todo lo demás:

Dato o hipótesis.

Abrí ChatGPT desde Charlot y trabajé con Ossa & Fromage, una experiencia que desarrollamos para empresas alrededor de tablas de quesos y charcutería.

La inteligencia artificial comenzó a hacer lo que hace extraordinariamente bien.

Ordenó.

Clasificó.

Relacionó información.

Me devolvió en segundos una estructura que habría tardado bastante más en construir manualmente.

Y mientras veía aparecer las respuestas en una pantalla que apenas me cabía entre las manos, pensé:

¿En qué momento aprender sobre negocios se convierte realmente en hacer negocios?

Saber la respuesta no significa conocer la verdad

La inteligencia artificial podía decirme que una persona de Recursos Humanos probablemente teme contratar una actividad que no guste a sus colaboradores.

Suena razonable.

Podía decirme que busca una experiencia diferente.

También parece lógico.

Podía concluir que valora que el equipo participe, aprenda y se conecte.

Perfecto.

Pero había un pequeño problema.

Que algo tenga sentido no significa que sea verdad.

Y creo que en los negocios confundimos ambas cosas con demasiada facilidad.

Decimos que nuestros clientes compran por determinada razón.

Que nuestro precio es demasiado alto.

Que Instagram ya no funciona.

Que las personas quieren experiencias.

Que nuestro cliente valora la calidad.

Que determinado producto no se vendió porque no lo comunicamos suficientemente bien.

Podemos construir explicaciones extraordinariamente coherentes.

Ahora, además, tenemos herramientas capaces de ayudarnos a construirlas en segundos.

Pero sigue existiendo una pregunta que ninguna tabla bonita puede evitarnos:

¿Cómo lo sabemos?

Porque una hipótesis bien redactada continúa siendo una hipótesis.

Quizá el verdadero trabajo empieza después del Canvas

He pasado buena parte de mi vida profesional estudiando, enseñando y construyendo negocios.

Y mientras más años acumulo, menos me interesa tener respuestas rápidas.

Me interesan las preguntas que obligan a mirar otra vez.

Porque la experiencia tiene una paradoja maravillosa: nos da criterio, pero también puede llenarnos de certezas.

Después de años viendo determinados comportamientos empezamos a reconocer patrones.

Eso es valiosísimo.

El peligro comienza cuando dejamos de comprobarlos.

Por eso hoy pensé que quizá una de las preguntas más importantes para cualquier empresario no sea:

¿Qué sé de mi cliente?

Sino:

¿Qué creo saber de mi cliente que nunca he comprobado?

La diferencia parece pequeña.

Empresarialmente puede ser enorme.

La inteligencia artificial no eliminó el trabajo. Movió el trabajo.

Hay algo más que me dejó pensando la clase de hoy.

Si una herramienta puede ayudarnos en segundos a segmentar, ordenar dolores, proponer ganancias y construir una primera versión de una propuesta de valor, entonces enseñar únicamente a completar esas estructuras empieza a ser insuficiente.

No porque las herramientas hayan dejado de ser importantes.

Todo lo contrario.

Hay que comprenderlas.

Pero quizá la formación empresarial tiene ahora un desafío mucho mayor: enseñarnos a pensar qué hacer con las respuestas.

A cuestionarlas.

A detectar dónde estamos suponiendo.

A salir a buscar evidencia.

A conversar con clientes.

A interpretar contradicciones.

A decidir qué información importa.

A cambiar de opinión cuando los datos contradicen nuestra intuición.

A ejecutar.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a organizar una hipótesis.

El criterio empresarial aparece cuando decidimos cómo comprobarla y qué hacemos después con lo que descubrimos.

Y eso no cabe dentro de un prompt.

¿Cuántos cursos necesita una empresa?

Durante estas semanas también he pensado mucho en la formación para emprendedores en Costa Rica.

Existen programas, talleres, mentorías, incubadoras, cursos y espacios de acompañamiento. La propia Escuela de Emprendimientos en la que estoy participando forma parte de ese ecosistema; en años anteriores el programa de Aleste ha combinado capacitación con espacios de exposición y comercialización para pequeños negocios.

Y eso me parece valioso.

Pero también me despierta una pregunta que todavía no sé responder: ¿qué hace que una persona pueda recibir una herramienta empresarial y convertirla realmente en comportamiento?

Porque conocer el Canvas no construye una empresa.

Conocer a tu cliente en teoría tampoco.

Saber qué es una propuesta de valor no significa tener una buena.

Y asistir a muchos programas no necesariamente produce mejores decisiones.

Tal vez existe un punto en el crecimiento de un negocio en el que dejamos de necesitar más información y empezamos a necesitar otra cosa: criterio, ejecución, sistemas, acompañamiento, conversaciones difíciles y suficiente tiempo haciendo para descubrir dónde estábamos equivocadas.

No tengo una respuesta definitiva.

Pero cada vez me interesa más la pregunta.

Y entonces llegó una invitación

Curiosamente, hoy también recibí un mensaje de la Escuela.

Quieren continuar creando espacios para quienes han pasado por el programa y nos invitaron a una primera sesión de formación continua, en alianza con la Cámara de Comercio de Costa Rica.

El tema:

“Atreverse a emprender”.

Y entre los asuntos que van a conversar hay uno que me hizo sonreír: pasar de emprendedora a empresaria.

Será impartida por Mariamalia Guillén, presidenta del Programa Mujer Empresaria de la Cámara de Comercio de Costa Rica. El Programa Mujer Empresaria existe desde 2010 y busca desarrollar habilidades empresariales y de liderazgo, además de promover oportunidades para las mujeres en el ámbito empresarial.

Volví inmediatamente a mi primera semana en la Escuela.

A aquella presentación en la que escuché varias veces:

Mi emprendimiento es: hasta que me tocó presentarme y dije:

“Mi empresa es Ossa.”

Tres semanas después, la misma pregunta sigue apareciendo desde lugares distintos.

¿Qué cambia cuando dejamos de pensar únicamente como creadoras de algo y empezamos a asumir la responsabilidad de dirigirlo?

Quizá vaya a escuchar esa conversación.

Quizá no.

Porque también estoy aprendiendo algo sobre mi propia temporada empresarial.

Hay épocas para aprender. Y épocas para ejecutar.

Septiembre para Ossa no es cualquier mes.

Mi estudio está lleno de Mystery Boxes, órdenes de Halloween, materiales para talleres, Ritual Box, productos que esperan el catálogo de Navidad y cien Calendarios de Adviento que necesitan encontrar una casa.

De agosto a diciembre ocurre buena parte de nuestro año.

Es mi verano empresarial.

Y mientras guardaba a Charlot al terminar la clase pensé que quizá el aprendizaje que necesito en este momento no está necesariamente en otra silla.

Puede estar en ejecutar todo lo que llevo meses construyendo.

En vender.

En entregar.

En observar.

En medir.

En escuchar qué dicen las clientas.

En descubrir qué productos elegimos correctamente y cuáles no.

En comprobar si aquello que escribimos en nuestros Canvas sucede de verdad cuando una persona tiene que sacar su tarjeta y decidir.

Ossa no es una carrera de velocidad.

Es una maratón.

Y todavía falta bastante para llegar al 20 de diciembre y mirar hacia atrás con los números completos del año sobre la mesa.

Tal vez entonces algunas de mis hipótesis se habrán convertido en datos.

Y otras habrán resultado completamente equivocadas.

Eso también será aprender.

Cerré Charlot.

Afuera seguía esperando la empresa.

Y me llevé conmigo dos palabras de la clase:

Dato. Hipótesis.

Dos columnas aparentemente sencillas.

Pero esta noche sigo pensando que entre una y otra ocurre casi todo lo interesante de construir un negocio.

¿Cuántas de las cosas que damos por ciertas sobre nuestras empresas sabemos realmente y cuántas simplemente llevamos años creyéndolas?

Gracias por visitarme, un abrazo enorme,

Laura

Regresar al blog

Deja un comentario

Ten en cuenta que los comentarios deben aprobarse antes de que se publiquen.