¿Qué hace una empresaria con veinte años de experiencia en un curso para emprendedores?
El miércoles volví a ser alumna.
Y escribirlo me hace gracia porque paso buena parte de mi vida del otro lado.
Dando clases.
Preparando material.
Pensando qué pregunta hacer para que alguien mire un problema de una manera distinta.
Esta vez no.
Esta vez llegué con mi cuaderno, busqué dónde sentarme y esperé a que alguien más empezara a hablar.
Me inscribí en la Escuela de Emprendimientos de Aleste, un programa de siete semanas en el que vamos a trabajar sobre nuestros negocios, desde el modelo de negocio hasta los clientes, la propuesta de valor, los canales y los ingresos.
Y sí.
Mientras esperaba que comenzara la primera clase también me pregunté: ¿qué hago aquí?
No porque crea que ya lo sé todo. Más bien por todo lo contrario.
Llevo más de veinte años emprendiendo.
He creado empresas, he trabajado en mercadeo y construcción de marcas, he sido profesora universitaria y, probablemente porque también soy artista, nunca he conseguido mirar un negocio solamente desde los números.
Me interesan las personas.
Por qué elegimos. Por qué confiamos.
Por qué algo nos emociona.
Por qué dos productos que parecen similares pueden hacernos sentir cosas completamente diferentes.
Y después de tantos años entre empresas, marcas, aulas, productos, clientes, errores y decisiones, hay algo que he aprendido: la experiencia también puede volvernos demasiado cómodos con nuestras propias respuestas.
Por eso fui. No para empezar de nuevo.
Para mirar de nuevo.
Éramos muchas personas. Negocios distintos.Historias distintas. Etapas distintas.
Y llegó ese momento inevitable de cualquier primera clase: presentarnos.
Una por una empezaron a contar qué hacían.
Mi emprendimiento es.
Yo tengo un emprendimiento de…
Empecé mi emprendimiento porque…
La palabra se repetía.
Hasta que llegó mi turno. Soy Laura. Mi empresa es Ossa. Seguí hablando.
No pensé nada especial en ese momento.
Pero después sí. Mucho.
¿Por qué había dicho empresa?
No fue una decisión consciente.
No pensé: voy a utilizar esta palabra porque llevo tantos años trabajando.
Simplemente salió.
Y quizá precisamente por eso me interesó.
Porque a veces las palabras que elegimos sin pensarlo dicen más de nosotros que las que ensayamos.
Durante mucho tiempo yo también dije emprendimiento.
Ossa nació así.
Como nacen tantas cosas que después terminan ocupando un espacio enorme en nuestra vida.
Con una idea. Con ilusión. Con incertidumbre.
Haciendo muchas cosas por primera vez.
Probando.
Equivocándome.
Volviendo a probar.
No recuerdo el día exacto en que dejé de pensar en Ossa como mi emprendimiento y empecé a pensar en ella como mi empresa.
No hubo una ceremonia.
Nadie me entregó un diploma.
No existe una campana que suene cuando cruzamos de un lado al otro.
Quizá por eso me quedé pensando: ¿cuándo sucede?
¿Cuando vendemos cierta cantidad?
¿Cuando tenemos clientes recurrentes?
¿Cuando alguien trabaja con nosotros?
¿Cuando pagamos impuestos?
¿Cuando aprendemos a mirar un margen antes de enamorarnos de una idea?
¿Cuando algo sale mal y, aunque estemos cansadas, tenemos que resolverlo porque mañana la empresa vuelve a abrir?
No lo sé.
Pero sospecho que hay un momento mucho más silencioso.
El momento en que dejamos de preguntarnos únicamente: ¿qué quiero crear? y empezamos a preguntarnos: ¿cómo voy a sostener lo que creé?
Tal vez ahí empieza a cambiar algo.
Ese día hablamos de modelos de negocio.
De crear valor.
De clientes.
De planificación.
De oportunidades.
De todo lo que necesita una idea para convertirse en algo que pueda permanecer.
Y mientras escuchaba, miraba alrededor.
Había personas comenzando.
Otras ya vendían.
Algunas tenían clarísimo lo que hacían.
Otras todavía estaban intentando ponerlo en palabras.
Y me gustó estar ahí.
Porque cuando una lleva muchos años haciendo algo corre un pequeño peligro: empezar a mirar solamente desde su propia experiencia.
Sentarse junto a alguien que está resolviendo hoy una pregunta que vos te hiciste hace quince años te obliga a recordar algo importante.
Antes de que una respuesta pareciera obvia, alguna vez también fue una pregunta.
En algún momento una de las participantes contó que vender cara a cara se le daba bien.
El problema aparecía cuando intentaba hacerlo en Instagram.
Y esa frase se me quedó dando vueltas.
Porque la conclusión fácil sería: necesita aprender a vender por Instagram.
Pero pensé otra cosa.
Si una persona consigue conversar con alguien, escucharla, explicar lo que hace y lograr que compre cuando la tiene enfrente, quizá ya sabe vender.
Tal vez lo que todavía no sabe es cómo trasladar esa conversación a una pantalla.
Y no es exactamente lo mismo.
Una pantalla nos quita muchas cosas.
La mirada.
El tono.
La posibilidad de notar que alguien no entendió.
La pregunta espontánea.
Ese segundo en el que una cambia la explicación porque percibe que la otra persona necesita escucharla de otra manera.
En persona hacemos todo eso casi sin darnos cuenta.
En digital tenemos que aprender a construirlo.
Y pensé cuántas veces diagnosticamos mal nuestros propios problemas.
Decimos: No sé vender, cuando quizá sí sabemos.
No sirvo para las redes, cuando quizá todavía no encontramos cómo traducir nuestra manera natural de comunicar.
“Mi producto no interesa.” Cuando quizá el problema está en cómo estamos explicando su valor.
A veces una pregunta distinta cambia completamente el problema.
Y cuando cambia el problema, también cambia la solución.
Hubo otra cosa que me llamó la atención ese miércoles.
Volver a sentarme del lado de quien aprende.
Puede parecer una tontería, pero no lo es.
Cuando enseñás, estás pendiente de todo.
Del tiempo.
De las caras.
De quién entendió.
De quién se perdió.
De qué ejemplo utilizar.
De si hablaste demasiado.
De si todavía falta algo importante.
Como alumna, en cambio, podía simplemente escuchar.
Escribir una frase.
Mirar a las otras personas.
Dejar una pregunta sin resolver durante un rato.
Y recordé cuánto me gusta eso.
No saber inmediatamente qué pienso.
Creo que durante años confundimos experiencia con haber llegado a algún lugar.
Ahora la entiendo diferente.
La experiencia te da referencias.
Te permite reconocer patrones.
Te ayuda a equivocarte un poquito mejor.
Pero también puede llenarte de certezas.
Y las certezas, cuando se acumulan demasiado, ocupan el espacio donde antes vivía la curiosidad.
Quizá por eso sigo estudiando.
Leo.
Tomo cursos.
Escucho a personas que están empezando.
Vuelvo a conceptos que conozco.
No porque quiera regresar al principio.
Sino porque yo ya no soy la misma persona que los aprendió la primera vez.
Y entonces tampoco es exactamente el mismo conocimiento.
Salí de la primera clase con pocas respuestas nuevas.
Y, curiosamente, eso me gustó.
Salí con preguntas.
¿Cuándo un emprendimiento empieza a convertirse en empresa?
¿Cuánto de ese cambio ocurre en los números y cuánto ocurre primero en nuestra cabeza?
¿Puede un negocio crecer más rápido que la identidad de la persona que lo creó?
¿Podemos seguir emprendiendo incluso después de convertirnos en empresarias?
No tengo todavía las respuestas.
Tengo siete semanas.
Y quiero escribirlas.
No como profesora.
No como alguien que viene a explicar cómo se hacen las cosas.
Quiero escribirlas desde esta silla.
La de una mujer que lleva muchos años construyendo negocios y que decidió volver a sentarse frente a una pizarra para observar qué ocurre cuando mira desde el principio algo que conoce desde hace tanto tiempo.
Quizá dentro de siete semanas piense exactamente igual.
Espero que no.
Porque, si algo quisiera llevarme de este regreso al aula, no es una lista de conceptos que pueda subrayar.
Es algo mucho más difícil de conservar con los años: la capacidad de cambiar de opinión.
Ese miércoles llegué como empresaria.
Pero me senté como alumna.
Y creo que quiero quedarme un rato ahí.
Gracias por visitarme,
Un abrazo enorme, Laura